Archive for the ‘ Libros y autores ’ Category

“Seconds to Disaster” by Glenn Meade and Ray Ronan

When I read my doctoral dissertation -you can find two versions in the blog frame depending of your kind of interest: Aviation or Organizational Studies- I remember especially one of the persons who had to evaluate it, Secundino Valladares. He said: “Now, I’m sure that I will never fly again”. I cannot blame him: To justify every finding, I put two or three paragraphs, extracted from official reports about major Aviation accidents. It was quite easy to reach that conclusion. After reading the book by Meade and Ronan, I have started to think of myself as a soft nun, regarding the kind of things they bring to the discussion.

For instance, the existence of compromises between regulators and main manufacturers is crystal-clear and there are many facts that can show how the European regulator does not look with the same eyes at both, Boeing and Airbus, and the same can be said about FAA but, of course, in the opposite side. Even though, the chapter that the authors devote to Boeing 737NG shows something far beyond a “friendly eye”. Nothing new; some of us are old enough to remember what happened with DC-10 and how 325 avoidable deaths (Turkish Airlines 981) were required to fix a problem that was previously known. The authors speak too about AF447 -you will find in this blog several posts dealing with AF447- and, for a moment, I had the feeling of not being alone with my conclussions about this case: The stamp “Lack of Training” is very comfortable to close a report avoiding entering in design issues. However, this stamps does not answer the main question: If that is true…why did you have people lacking training to fly a big plane over Atlantic Ocean? We can go beyond: Is that a training practice by Air France or is it shared worldwide? Still, we can go beyond: Is it possible, due to design complexity, provide pilots and engineers with the training level that they could require under an extreme situation? Once we get here, we could be around the root of the problem: Profit aimed design.

A few days ago, I published something about how average passengers boarding a twin plane for a long-haul trip does not know what are the rules: He does not know that, in the event of an engine-stop, the plane is certified to fly more than 5 hours from the nearest airport with only one engine working and full of passengers. This and many of the things that the authors of “Seconds to Disaster” say are unknown to the flying public. Perhaps, this is the first thing to change if we want to change something.

Acerca de estos anuncios

“Aftershock: The Next Economy and America’s Future” de Robert B. Reich (Una visión no liberal de la economía).

Hace tiempo, intenté leer un texto de economía no liberal y que se saliera de los clichés al uso tan queridos por los partidarios de economías más o menos planificadas. Cometí el error de escoger “Economía humanista” de José Luis Sampedro y, en contra de lo que esperaba, resultó ser un panfleto lleno de todos los lugares comunes al uso y con una característica que me resulta especialmente difícil de soportar: La visión hemipléjica que invita a justificar todos los desmanes de los que se consideran propios y crucificar por cualquier motivo a los que se consideran ajenos. No pude acabar de leerlo como se explica en el post reseñado más arriba.

Reich es distinto. Oiremos hablar bastante de él porque se está preparando una película -al parecer en una línea similar a Inside Job- basada en este libro y en la que denuncia la desigualdad creciente en Estados Unidos y sus consecuencias para el futuro. El análisis de Reich tiene partes que sorprenden por su lucidez, y sorprenden porque conviven con otras en las que de repente parece despeñarse por no se qué abismo ideológico o intelectual, aunque hay casos en los que se echa en falta el paso siguiente en las conclusiones.

Por ejemplo, su explicación sobre el mantenimiento del valor de la moneda china artificialmente bajo es sencilla, lúcida y, sobre todo, probablemente se ajusta mucho a la realidad: China es un polvorín que puede explotar si el desempleo crece y la forma de mantener o incrementar el nivel de empleo consiste en ser competitivos en el exterior a través de medidas monetarias…incluso cuando eso implique que los ciudadanos de lo que hoy por hoy es la fábrica del mundo no tengan acceso a gran parte de lo que ellos mismos fabrican.

Reich apunta que quien en realidad crea empleo no son las grandes fortunas sino las clases medias con su capacidad de consumo; si esa capacidad disminuye, disminuye también el empleo; sin embargo, esto que le parece una verdad autoevidente para Estados Unidos deja de parecérselo cuando se trata de China donde ese mismo hecho es puesto en la raíz de su crecimiento económico.

Llama de modo especial la atención la referencia que hace a Warren Buffett y cómo su carácter ahorrador es dañino para la creación de empleo porque, si gastase más, generaría más requerimientos de productos o servicios y, con ello, aumentaría el empleo. Sin embargo, al aplicar esa lógica Reich pierde de vista algo tan elemental que no parece creíble que se le haya pasado: ¿Tienen Warren Buffett u otros multimillonarios norteamericanos su dinero debajo de un ladrillo en lingotes de oro o en billetes de cien dólares? Si no es así, y cabría suponer que no lo es, el dinero está dedicado a actividades productivas y su consumo personal es completamente irrelevante para la cuestión. El dinero, salvo que esté guardado en una caja fuerte o en actividades totalmente improductivas, financia actividad y, por tanto, produce empleo.

En otro momento, dedicado a “unos minutos de publicidad”, Reich se refiere a “la sabiduría de los mercados” olvidando tal vez interesadamente que los mercados no son un ente a quien se pueda atribuir sabiduría ni idiocia sino que los partidarios de que se deje al mercado funcionar tienen una lógica bastante distinta: Cada uno sabe mejor lo que quiere y lo que necesita que un funcionario gubernamental al que se le den los hilos de la economía. “Los mercados” no existen sino que son los individuos los que tienen o no capacidad para elegir qué es lo que más les conviene.

Reich contrapone la receta de recuperación de Roosevelt tras la crisis de 1929 con las actuaciones llevadas a cabo tras la crisis de 2008 y llega a la conclusión de que el endeudamiento del Estado es positivo porque contribuye a inyectar capacidad de consumo en las clases medias y, por tanto, a revitalizar la economía., argumentos que podrían haberse utilizado en España para defender el “Plan E” y sus funestas consecuencias.

En suma, Aftershock es un libro con el que se puede discutir: Buenos análisis junto con otros que parecerían obra de otra persona distinta y mucho menos versada en economía que Reich. Se le pueden encontrar contradicciones y aquí se han señalado algunas pero en la otra orilla -la liberal- también las hay: Por ejemplo, la idea de la capacidad autorregulatoria de las sociedades basada en la libertad de cada individuo para elegir qué es lo que más le conviene resulta atractiva pero hoy plantea preguntas difíciles de responden: A la velocidad a la que se suceden los cambios ¿tiene la suficiente capacidad un sistema autorregulado para responder antes de que las situaciones se vayan más allá del punto en que todavía son controlables? Quizás alguien tenga respuesta para ello; yo no. Sin embargo, el endeudamiento del Estado como receta tiene implicaciones que no siempre se cumplen:

  1. Que el endeudamiento financie actividades productivas y que puedan relanzar una economía.
  2. Que exista alguien que vaya a comprar el producto de esas actividades y que esa compra no sea forzada a través de impuestos.
  3. Que el endeudamiento pueda realizarse a bajo precio.

Dar por supuestas estas condiciones puede ser aventurado en el caso americano. En casos como el español, como los hechos han demostrado, es simplemente ilusorio.

 

“The Management Myth: Why the Experts Keep Getting it Wrong” by Matthew Stewart: The real mistake of Taylor

Many books start with a promise that starts to fade once read a few pages. “The Management Myth” is just the opposite: It starts with common knowledge about how consulting firms work to go into the roots of the problem and the author puts those roots in…Taylor.

For many of us, Taylor is interesting mainly for historic reasons about how organizations evolved. Taylor has been strongly critiziced because of his hard-nosed approach but nobody spoke about his results. Taylor’s results seemed to be right but through the wrong way. In other words, criticism to Taylor has been based in his “The goal justifies the means” practice. Nobody has never -at least, as far as I know- questionned if the goal was really reached or everything was a carefully crafted myth.

Taylor, the father of the so-called “Scientific Organization of Work” started his successful career in Bethlehem with workers moving pig-iron bars. He reported a big increase in productivity from the application of strict scientific principles and -this is the most important part- this principles could be applied to any organization in any activity. The idea of common principles shared by all business activities and scientific methodology to deal with these activities should be the starting point of Business Schools.

Perhaps, the supposition that pig-iron moving is a kind of micro-world whose principles are valid to every single business activity could be discussed. The most common discussion never reached this point but remained fixed in the social model that Taylor model could imply. Stewart in his book goes beyond: He shows data alleging that the Bethlehem works were not so successful as Taylor pretended; the methods were not as scientific as Taylor alleged and the big one: Profits coming from Taylor improvements were directly to the pockets of Taylor since they were by far minor than his consultancy bill for the project.

The book has some parts to be discussed. For instance, the author says that a scientific attitude does not imply the existence of a scientific field and, from this point of view, he rejects the possibility of speaking about something as a science of management. The first point is true but the conclusion could be wrong: Management is a continuously evolving activity and complex enough to justify the existence of some general principles. If these principles have to be called science or technique, that should be a minor point. Business Management is a discipline in itself and pretending to be “scientific” could be a way to escape from his findings to be discussed but this attitude itself -the one that Taylor showed- cannot be named scientific.

Science means open discussion and information enough to reproduce the alleged findings. Taylor did not meet any of these conditions in his work and that is the main objection that can be made. Stewart goes beyond: He shows how some of the problems of management today have their roots in Taylor ideas: Underinvestment, strict labor división, simplistic indicators and so on.

In a moment where Taylor appears again under the shape of Information Technology , the approach of Stewart can be especially relevant, even if we disagree about the role of Business Management as a discipline.

Eres lo que lees

Son muchos los amigos a los que si les dijese que es mucho lo que me queda por leer y que tengo muchos “agujeros” en mis lecturas se reirían. Sin embargo, al afirmar que se equivocan no estoy haciendo ningún ejercicio de falsa modestia sino mi propia percepción de la realidad; en el país de los ciegos, el tuerto puede ser rey pero no por ello será menos tuerto. Ese es mi caso y, respondiendo a una promesa reciente, voy a señalar un conjunto de libros que me han marcado un antes y un después. Algunos de ellos ya los tenía recogidos en el blog y por tanto, en esos casos, pondré los vínculos a los artículos correspondientes:

 http://factorhumano.org/2012/09/05/el-cisne-negro-de-nassim-nicholas-taleb-el-impacto-de-lo-altamente-improbable/ El autor, experto en mercados financieros, muestra cómo y por qué el concepto de curva normal no funciona en algunos ámbitos y por qué la anticipación del futuro es sencillamente imposible. Hay un libro posterior del mismo autor, Antifragility, que resulta prometedor pero aún está en proceso. Taleb, es sin duda, un pensador original y que aporta puntos de vista sorprendentes; en el plano negativo habría que apuntar que ocasionalmente se deja llevar demasiado lejos por su propia originalidad y puede en algún momento caer en el fuego de artificio. A pesar de ello, es una lectura obligada.

http://factorhumano.org/2012/05/29/fraudes-paranormales-de-james-randi/ James Randi es un mago dedicado a la caza de estafadores; el tema puede ser demasiado específico y muchos podrían decidir que no les interesa. Lo mejor del libro, sin embargo, es la forma de pensar del propio Randi y cómo, en algunos casos, puede caer presa de la falta de rigor intelectual que critica en otros.

http://factorhumano.org/2011/11/28/thinking-fast-and-slow-de-daniel-kahnemann/ Para los decepcionados de la psicología, este libro puede suponer una reconciliación. Kahnemann no acepta la idea del homo economicus siempre racional en sus decisiones aunque, a veces, la racionalidad vaya por caminos escondidos sino que señala a decisiones en las que no hay tal racionalidad y, a continuación, explica cuáles son los mecanismos subyacentes.

http://factorhumano.org/2011/01/23/indignez-vous-de-stephane-hessel-contrapunto-de-jean-francois-revel/ “Indignaos” es el libro de un nonagenario que ha preferido quedarse con las partes de la realidad que encajaban en su modelo y rechazar el resto. Es una magnífica ilustración de cómo funciona determinado tipo de izquierda política.

http://factorhumano.org/2010/09/02/predictably-irrational-de-dan-ariely-un-paso-mas-alla-de-freakonomics/ Dan Ariely se inscribe en la corriente de behavioral economics y, al igual que Kahnemann, no acepta que la racionalidad sea la guía en la toma de decisiones como, por ejemplo, defienden aunque de forma peculiar los autores de Freakonomics. Ariely ha realizado multitud de experimentos en los que muestra cómo aparecen comportamientos ajenos al concepto económico de la conducta.

http://factorhumano.org/2009/09/22/el-desajuste-del-mundo-de-amin-maalouf/ El libro es un lúcido análisis de la situación actual y de la política internacional con especial énfasis en Oriente Medio. Cuando apareció este libro, ya me encontraba entre los dispuestos a leer cualquier cosa que salga de la pluma de Maalouf, autor prolífico que jamás me ha decepcionado. Lo descubrí con Los jardines de luz, un libro breve que es a la vez un maravilloso tratado contra la intolerancia religiosa, leí algunas novelas suyas con especial mención de León el Africano al que sólo le encuentro comparación con el Sinuhé el egipcio de Waltari, leí su análisis sobre los nacionalismos en Identidades asesinas y algunas otras obras de menor trascendencia sin que hasta el momento haya encontrado una sola que me haya decepcionado.

No son éstos los únicos libros y autores que me han dejado una huella difícil de borrar. La racionalidad sin concesiones de Jean François Revel en El conocimiento inútil hace de éste uno de los mejores tratados sobre el funcionamiento político en la segunda mitad del siglo XX que se pueden encontrar; la autobiografía del mismo autor en El ladrón en la casa vacía no le va muy a la zaga. La sociedad abierta y sus enemigos de Karl Popper es, posiblemente el mejor tratado político escrito en el siglo XX y autores con la viveza intelectual de un Bertrand Russell en su Por qué no soy cristiano parcialmente replicado por el español José Antonio Marina con su Por qué soy cristiano son joyas que merecen ser leídas, tal vez más de una vez. El Camino de servidumbre de Hayek es otra de las obras que sirven para abrir los ojos al igual que algunos de los textos iniciales de Thomas Sowell, en especial Knowledge and Decisions, el mejor libro sobre gestión de conocimiento que puede encontrarse antes de que a nadie se le ocurriese utilizar tal nombre.

Si vamos a los clásicos, la lectura de Rousseau es inevitable, tanto por sí mismo como porque representa una puerta de entrada para los griegos y, dentro de Rousseau, dos obras: Emilio El contrato social. Obras ambas lúcidas, producto de su época y que tienen algunos elementos curiosos en los que es fácil cazar a los que las citan sin haberlas leído. En primer lugar, la vida de Rousseau no fue precisamente ejemplar y un tratado de educación como Emilio escrito por alguien que abandonó a sus propios hijos no parece un ejemplo de coherencia. Rousseau es a menudo considerado un icono progresista, un adelantado a su tiempo…sin embargo, la segunda parte de Emilio es dedicada a la mujer porque Emilio necesita una mujer…no por sí misma sino porque Emilio la necesita, gran mensaje feminista que mejorará cuando añade que hay cualidades que lo son en el hombre pero no en la mujer como, por ejemplo, el valor porque aunque la mujer no siempre vaya a estar en estado de gravidez, ése es su estado natural. Creo que estas frases, tomadas literalmente de Emilio explicarán que cuando oigo a una feminista defender ardorosamente a Rousseau no pueda evitar una sonrisa en la que sobresale el colmillo.

Sin duda, son muchos más los títulos y autores que se podrían añadir y que aportan cosas tan importantes como pasar un rato agradable -por ejemplo, los libros de Bill Bryson- pero he tratado de recoger aquellos autores y libros que marcan un antes y un después o, al menos, a mí me lo han marcado. Espero que la proximidad de las vacaciones pueda servir para que quienes lean este post y tengan curiosidad disfruten de la misma experiencia.

“Some reflections on the loss of the Titanic” de Joseph Conrad (1921): Versión en español “El Titanic”.

Joseph Conrad alcanzó el grado de universalmente conocido con El corazón de las tinieblas pero, además, fue un experto marino y buena parte de su obra novelística está centrada en el mar. El naufragio del Titanic no podía dejarlo indiferente y el libro -traducido al español como El Titanic y editado por Gadir- es una crítica tanto a una evolución tecnológica ciega como al proceso de investigación posterior. Éstos son los puntos que un siglo después de que se hundiera el Titanic siguen estando de actualidad tanto en otras formas de transporte como el aéreo como en el propio transporte marítimo con casos como el del Costa Concordia, casi tres veces más pesado que el Titanic.

En la prensa de la época se hizo tanto énfasis en que el Titanic era insumergible como se ha hecho más recientemente en que algunos aviones no podían entrar en pérdida. En uno y otro caso, tal alegación se apoyaba, como los hechos han demostrado, en un optimismo técnico injustificado.

En el Titanic los supuestos compartimentos estancos garantizaban que, en caso de que uno de ellos se inundase, los demás mantendrían a flote el barco. Naturalmente, si en lugar de una colisión lo que se produce es un desgarro longitudinal que pueda afectar a varios de los compartimentos, la flotabilidad deja de estar garantizada. Si, además, los compartimentos no son estancos hasta la cubierta sino sólo hasta una altura que pueda ser rebasada por la inundación de uno de ellos o por la inclinación del barco…resulta que los compartimentos no son estancos y el barco se puede hundir como efectivamente ocurrió.

En cuanto a la supuesta solidez de los grandes barcos, Conrad plantea algo tan simple como que es posible hacer una caja de galletas de una enorme solidez pero el grosor de las paredes no puede ir creciendo de forma proporcional al tamaño y, en consecuencia, un barco de grandes dimensiones resultaría, a pesar de su aspecto imponente, mucho menos sólido que uno mucho más pequeño y construido con la voluntad de hacerlo resistente. En palabras de Conrad, una perfecta muestra de la moderna confianza ciega en los materiales y artilugios.

La forma en que la responsabilidad queda diluída tanto en los hechos como en la investigación posterior queda representada en una frase referida a las sociedades de responsabilidad limitada: No tenían almas que salvar ni cuerpos a los que patear y que, de ese modo, salían indemnes de este mundo y del otro de todas las sanciones efectivas impuestas por una conducta consciente. La descripción está escrita en 1921 pero bien podría haberlo sido ayer.

También tiene su apartado relativo a la costumbre de culpar al que está más cerca bajo etiquetas como “error humano”, “complacencia”, “falta de formación” y tantas otras variantes para conseguir que pague el pato el que estaba más cerca en el momento del accidente: Se alegaba que el barco era insumergible, siempre que se gobierne de acuerdo a la nueva náutica.

Al traductor de la versión española se le ha escapado algún nudos por hora como muestra evidente de que aún no ha calado el concepto de que el nudo es una unidad de velocidad y no de longitud y, nuevamente, Conrad plantea un principio que también es de aplicación hoy: Hay un punto en que el progreso, para ser un verdadero avance, ha de variar ligeramente de rumbo:  La historia de la evolución humana puede medirse en términos de degradación del conocimiento individual. Autores que se encuentran entre sí en las antípodas ideológicamente como Thomas Sowell en Knowledge and Decisions y Richard Sennett en The Corrosion of Character han denunciado este simple hecho de forma separada. A medida que va creciendo la complejidad del mundo en que nos encontramos, ese deterioro del conocimiento individual a través de la especialización extrema conduce a que cada uno pueda ver su árbol -cuando no su pequeña ramita o su hoja- pero nadie se capaz de ver el bosque, tal vez y siguiendo el paralelismo, menos que nadie quienes tienen intereses en el negocio de la madera como, por ejemplo, políticos y asimilados.

La descripción que Conrad hace del Titanic se parece mucho a la que mucho más recientemente se ha hecho del Costa Concordia y, en general, de los grandes cruceros: dirigido por una especie de sindicato de hostelería compuesto por el jefe de máquinas, el sobrecargo y el capitán. Un siglo después del naufragio del Titanic se siguen discutiendo los mismos temas y en idénticos términos. ¿Para qué ha servido el siglo transcurrido y las víctimas del Titanic?

En cuanto al diseño o a la evaluación de riesgos…unos simples cálculos cuando están desasistidos de imaginación y llegan a hacerse señores del sentido común resultan los más engañosos ejercicios del intelecto. 

Desde que Conrad escribió su libro, han transcurrido 91 años. La tecnología ha avanzado mucho en esos años pero, paradójicamente, los hechos denunciados y la mentalidad que llevan detrás siguen de plena actualidad.

“El cisne negro” de Nassim Nicholas Taleb: El impacto de lo altamente improbable

Empecé a leer este libro por recomendación de un amigo experto en análisis bursátil. Después de explicarme en detalle un sistema para anticipar los movimientos en algunos mercados de futuros sólo pude llegar a una conclusión: Se trata de una estupidez que funciona o, en los términos de Soros, de una falacia fértil por la cual se pueden obtener resultados de modelos carentes de racionalidad. Taleb va un paso más allá: Hay entornos donde la anticipación basada en criterios racionales es simplemente imposible.

El título El cisne negro obedece a lo que otros podrían llamar el criterio de falsación de Popper o la parábola del pavo analítico-inductivo de Bertrand Russell: Hasta que se vio un cisne negro, se consideró que el color blanco era un atributo natural del cisne. Los millones de cisnes blancos observados hasta ese momento no servían; una simple ocurrencia bastaba para demostrar que los cisnes no tenían que ser necesariamente blancos. El criterio de falsación de Popper se mueve en la misma línea: No tratar de extraer conclusiones favorables a una hipótesis sino demostrar que la contraria no es posible. Por último, la broma del pavo analítico-inductivo cuenta cómo un pavo razonable, después de ser amistosamente alimentado por un ser humano cada día no encontrará ninguna razón válida para que el miércoles anterior a Thanksgiving vaya a ser un día distinto de cualquier otro.

Taleb es un crítico feroz de la campana de Gauss y muestra cómo, guiados por ella, hemos llegado a considerar el mundo mucho más previsible de lo que realmente es y cómo el énfasis en la tendencia central conduce a ese efecto. Para ello, habla de dos entornosMediocristán y Extremistán, que ilustrarían situaciones donde la campana de Gauss y su énfasis en la tendencia central es una alternativa válida o, por el contrario, un caso único puede alterar toda la dinámica y dar al traste con cualquier previsión.

Un ejemplo divertido para mostrar cómo funcionarían ambos entornos es el siguiente: Imaginemos un estadio lleno de gente al que llega la persona más pesada que quepa imaginar…¿300 Kgs.? ¿400? ¡¿1.000?! Encontraríamos que el peso de esta persona apenas tendría incidencia alguna al calcular el peso medio de las personas del estadio y, por tanto, tampoco la tendría al hacer una estimación del peso total. Estaríamos hablando de un caso de Mediocristán donde el modelo de campana de Gauss funciona.

Imaginemos ahora ese mismo estadio al que, en lugar de llegar una persona con tan extraordinario sobrepeso llega…Bill Gates. El parámetro sobre el que se trata de hacer el cálculo ahora no es el peso medio sino el patrimonio medio de las personas que llenan el estadio. En lugar de ser una cifra estable y que puede aguantar el caso excepcional, en este caso encontraríamos que un caso único es capaz de desplazar totalmente la curva que, además, no sería estable ya que las inversiones de cierta volatilidad harían que la cifra se moviera. En suma, llegaríamos a la situación en que lo insignificante no sería el caso único sino todo lo contrario: Lo insignificante para las cifras resultantes sería la contribución de todos los demás ocupantes del estadio. Éste sería un caso definido como Extremistán.

A partir de unos principios tan simples como éstos, Taleb construye un libro en el que presenta una enmienda a la totalidad sobre prácticas que se apoyan en las supuestas bondades de la campana de Gauss para hacernos creer que vivimos en un mundo previsible. La distinción entre Mediocristán Extremistán y cómo el olvido de ésta conduce a graves errores en la aceptación como válidos para hacer previsiones de parámetros de tendencia central es uno de sus temas principales.

Critica también el que, con mucha frecuencia, le pidan un sistema alternativo de previsión cuando, precisamente, lo que está diciendo es que no hay tal sistema válido y que se trata de distinguir entre tipos de situaciones y la respuesta muy común de que las técnicas al uso pueden ser malas pero no tenemos otra cosa. En este último punto, al que además dedica sus críticas más furibundas, Taleb podría equivocarse: Las falacias fértiles de Soros se apoyan sobre un concepto muy conocido en sociología: Las profecías autocumplidas.

A lo largo de los años hemos podido ver que determinados índices se han “cocinado” estadísticamente porque esos índices eran utilizados por terceros. Como ejemplo, un paso por la cocina del IPC puede servir para negociar a la baja Convenios y, en esa forma, contribuir a reducir la inflación. Cierto es también que esos mismos índices pueden estar detrás del estallido de la burbuja financiera, es decir, inversores comprando porquería basándose en unos indicadores que les habían contado que era una gran inversión, hecho explicado maravillosamente en un video humorístico de la BBC.

En suma, es una lectura que vale la pena. Quizás acabemos con la sensación de que el mundo era menos previsible de lo que creíamos pero siempre será mejor eso que la seguridad del pavo analítico-inductivo.

QF32: Mal título para un buen libro y contrapunto al AF447

Raramente se le ocurrirá a alguien comprar un libro llamado “QF32″ si no sabe de antemano qué se va a encontrar dentro. QF32 es el nombre del vuelo de Qantas realizado por un Airbus 380 y que estuvo mucho más cerca de acabar en desastre de lo que sugieren las imágenes que se pueden encontrar por Internet. El autor del libro es el piloto al mando del vuelo, Richard de Crespigny, y da una serie de datos que pueden resultar de gran interés para los interesados tanto en la evolución tecnológica en general como en la seguridad aérea en particular.

Para entender por qué el avión estuvo tan cerca del desastre bastará con una idea sencilla: No se trata de un avión de cuatro motores al que le falla uno, eventualidad para la que cualquier avión de cuatro motores -incluso de dos- está preparado en cualquier fase del vuelo. Se trata de que uno de los cuatro motores -uno de los dos más cercanos al fuselaje del avión- decide comportarse como una bomba y explota repartiendo sus propias partes como metralla y provocando multitud de fugas de combustible, de fluido hidráulico y cortando cientos de cables que dejan a gran parte de los sistemas de información y de control del avión total o parcialmente inutilizados. La situación fue tan grave y las expectativas eran tan malas que, con el avión todavía en el aire, las acciones de Qantas estaban cayendo a plomo porque se daba por descontado el desastre.

El libro lleva una primera parte de apuntes biográficos de su autor y, entre éstos, hay dos elementos que resultan de interés para el caso: El primero es que no se trataba de un piloto formado en aviones de la última generación sino que había empezado su trayectoria en la aviación militar habiendo volado incluso helicópteros y el segundo es que se trataba de un personaje con gran curiosidad por la tecnología, curiosidad que le llevó desde aprender por sí mismo a desmontar una vieja moto hasta tratar de entrar en los entresijos de la tecnología de la información más allá del puro conocimiento operativo.

A partir del momento de la explosión del motor, el autor entra en una serie de detalles sobre qué estaba ocurriendo que pueden ser difíciles de entender si no se está mínimamente familiarizado con la aviación pero hay varios puntos que se pueden sintetizar:

  • Los pilotos empiezan a recibir un número interminable de listas de fallos y sus listas de comprobación asociadas. Viendo que esto no les lleva a ninguna parte, acaban concluyendo que es mejor tratar de determinar qué es lo que está funcionando correctamente y, con ello, ver sus posibilidades reales.
  • Hay un momento en que les aparecen datos que les invitan a desconfiar: El motor que explotó estaba pegado al fuselaje y no parecía tener mucho sentido que la explosión hubiera afectado al motor que estaba en la punta del ala contraria. En este momento comienzan a pensar que la información que están recibiendo podría no ser fiable.
  • Parte de los sistemas de control del avión no sólo había quedado inutilizada sino que había dejado parte de los alerones en una posición de deflexión que le robaba sustentación al avión. La única forma real de saber cuál era el margen de velocidad que tenían para la aproximación y el aterrizaje era comprobarlo físicamente porque la información sobre las velocidades adecuadas no era fiable.

El avión aterrizó felizmente aunque con una situación complicada al final de su carrera de aterrizaje: El motor contiguo al que explotó había quedado fuera de control y los pilotos no fueron capaces de apagarlo; las múltiples fugas de combustible habían creado un charco debajo del avión sin que los bomberos pudieran aproximarse debido al motor en funcionamiento y el frenado en condiciones limitadas había hecho que los dispositivos de freno estuvieran a una temperatura que llegó a rebasar los 1.000 grados centígrados…en presencia del enorme charco de combustible que no dejaba de crecer y con pasajeros y tripulación dentro del avión.

Posiblemente el comportamiento de la tripulación del vuelo QF32 pueda servir para dar dos pistas importantes sobre cómo volar los aviones tecnológicamente más avanzados:

  • Un avión no es un videojuego y los mejores sistemas de información no excusan de que los pilotos tengan claro cómo y por qué vuela un avión y de ser capaces de anticipar sus reacciones prescindiendo de la superestructura de sistemas de información.
  • Es necesario perder los complejos frente a la tecnología de la información y si, especialmente en una situación degradada, se sospecha que la información o el control de que se está disponiendo no son adecuados, se debe estar dispuesto a contrastar esa hipótesis.

Por último, el libro da suficiente información sobre el piloto al mando para concluir que se trataba de una feliz combinación entre experiencia en distintos tipos de aeronave y conocimiento tecnológico. Sin embargo, aunque se destaca la figura del segundo piloto y su elevado grado de conciencia situacional, no se dispone de más información sobre él que la publicada en el informe preliminar donde se muestra que su experiencia en el tipo de avión era de algo más del doble del número de horas que tenía el piloto al mando.  Puesto que también fue una figura central en el caso, habría sido interesante disponer de más información sobre su trayectoria profesional.

El caso QF32 se presenta casi como un “anti-AF447″ en el sentido de que parece haber una clara insistencia en atribuir el accidente del segundo a la falta de formación de la tripulación mientras que el primero se muestra como un ejemplo de comportamiento adecuado. Habría dos puntos que añadir en este sentido:

  • Cualquier persona familiarizada con el trabajo de recursos humanos sabe que uno de los primeros pasos para determinar las competencias necesarias en un puesto de trabajo consiste en buscar modelos excelentes a imitar. Parecería lógico profundizar en las características de los tripulantes del vuelo QF32 con este objetivo; sin embargo, la información disponible sobre el piloto al mando nos muestra que es un tipo de formación y experiencia cara y escasa. En un momento en que se está optando por rebajar las características de la formación creando licencias como la MPL un caso como el QF32 debería representar una invitación a revisar las políticas de formación y licencias así como desarrollos tecnológicos con una complejidad y opacidad crecientes.
  • El caso AF447 puede ser atribuido a falta de formación de la tripulación pero, para hacerlo, es necesario dar un salto en el vacío difícilmente admisible: Todos los sensores imaginables pueden fallar. Si un sensor defectuoso tiene capacidad para generar una situación de confusión capaz de poner en evidencia la falta de formación de los tripulantes…algo mucho más grave que el propio sensor ha fallado en el camino. Se puede y se debe discutir si la formación de los pilotos era o no la adecuada -el caso QF32 puede ayudar en ese análisis- estableciendo las responsabilidades y realizando los cambios oportunos. Sin embargo, un sensor defectuoso NO puede provocar la situación de confusión por alarmas múltiples y contradictorias que se produjo en el AF447 y si lo hace -y lo hizo- necesariamente hay que revisar también el diseño capaz de conducir a ese efecto. Quedarse en un sensor defectuoso y en la falta de formación de la tripulación es sólo una mitad, o menos, de la verdad de lo ocurrido en el Atlántico en el vuelo AF447.

La historia -de España- se repite: “Entender la historia de España” de Joseph Pérez

El verano siempre es época más propicia para la lectura, más aún si coincide con vuelos largos y felizmente aburridos. Entre las cosas que han caído en mis manos este año está Entender la historia de España de Joseph Pérez, curioso nombre para un autor francés de nacimiento aunque con gran probabilidad no de origen.

La exposición de Pérez es didáctica, amena y de una calidad mucho mayor en el tratamiento de los siglos anteriores al XX que en el del siglo recientemente concluido. En este último, da la impresión de haber obtenido sus conclusiones de titulares de El País, de algún que otro best-seller y de historiadores con una visión muy definida.

De lo anterior, ciñéndonos exclusivamente al libro, podríamos sacar dos conclusiones:

  1. Es un libro que vale la pena leer.
  2. Se puede omitir la lectura de los dos últimos capítulos y, en su lugar, leer a otros autores como Stanley Payne, Hugh Thomas o García de Cortázar para hacerse una idea más ecuánime sobre ese periodo histórico.

Sin embargo, Pérez muestra una visión distinta a la más divulgada sobre la etapa del reinado de los Austrias, visión que tiene numerosos paralelismos con la España actual:

En primer lugar, España era un Estado mucho menos centralizado que otros europeos como Francia, lo que especialmente en términos comparativos dificultaba bastante la gobernabilidad. Por añadidura, los Austrias tenían una concepción patrimonial y, si se trataba de elegir entre sus propios intereses como casta reinante y los del Estado, optaban siempre por sus propios intereses. Por último, llega un momento en que la actividad económica se ve completamente asfixiada por los impuestos con que la Corona la sobrecarga.

Pérez se refiere a la etapa de los Austrias pero parece claro que en la España de hoy las autonomías, además de pozos sin fondo de dinero, dificultan la gobernabilidad del país; parece igualmente claro que los políticos -con o sin corona- ponen por delante sus intereses de casta sobre los intereses generales y también parece claro -dentro de tres días lo será aún más- que se está asfixiando la actividad económica con unos impuestos destinados a sostener un insostenible chiringuito del que se benefician los usuarios de coche oficial y asimilados.

Para hacer el paralelismo aún mayor, la dinastía de los Austrias desapareció con Carlos II “el hechizado” y tras él entraron los Borbones y se empezó una etapa de bastantes líos internos y externos. ¿Estaremos condenados a repetir siempre la misma historia?

Fraudes paranormales de James Randi

Parece que cuando un mago, sea profesional como James Randi o aficionado como Martin Gardner, evoluciona,  decide dedicarse más a desenmascarar a gente con supuestos poderes psíquicos que a ejercer el ilusionismo o el mentalismo. Vamos…algo parecido a lo que puede verse en la serie “El mentalista” todos los días en una u otra cadena.

Los magos de profesión o afición tienen algunas ventajas en el momento de detectar trucos con respecto a la gente de formación científica dispuesta a encontrar maravillas inexplicables. Randi en “Fraudes paranormales” comenta ejemplos de diseños experimentales realizados por él mismo en los que, aparte de ser ingeniosos, no es difícil deducir que su integridad física se pudo ver amenazada: No suele ser grato ser llamado estafador a la cara, incluso en el caso de que uno sea realmente un estafador, y las reacciones son imprevisibles.

Hasta aquí, de acuerdo. Los ilusionistas, mentalistas y demás familia son capaces de llegar hasta donde no llegan personas con formación científica porque, si se trata de detectar trucos, saben qué hay que buscar y dónde hay que mirar. Sin embargo, Randi y algunos otros tienen una preocupante tendencia a pasarse de frenada y replicar el mismo modelo de los estafadores a quienes combaten. Cuando alguien empieza a ganarse la vida desmitificando, llega un momento en que tiene que identificar a estafadores por todas partes, lo sean o no.

El modelo de investigación de Randi y algunos otros ignora un hecho básico: La ausencia de pruebas no es lo mismo que prueba de ausencia. Seguramente sonará menos a trabalenguas si señalamos que hay casos en los que lo único que podemos hacer es confesar nuestra ignorancia en lugar de negar categóricamente un hecho por la simple razón de que seamos incapaces de explicarlo.

Un ejemplo sobre el que no tengo una opinión formada y, por tanto, no tengo ningún interés en apoyar una u otra teoría: La existencia de los OVNIs. Randi afirma que es algo categóricamente falso y da ejemplos de casos que han quedado claramente identificados e incluso de una situación en la que él ejerció como agente provocador, diciendo que había visto un OVNI en un lugar para, a continuación, empezar a recibir llamadas de personas que decían haber visto el mismo OVNI inventado por el propio Randi. De acuerdo: Un 10 en lo que se refiere a capacidad para demostrar la credulidad y que, conforme a eso, cabe esperar que muchos reportes de OVNIs sean falsos pero ¿todos? Para llegar ahí, Randi parte de la siguiente estadística:

En 1965, el año en que la Fuerza Aérea difundió un resumen de sus resultados, encontramos el siguiente detalle sobre los 887 avistamientos documentados:

  • Acontecimientos astronómicos: 27,6%
  • Aviones: 23,7%
  • Satélites: 17,1%
  • Fraudes, imaginación, etc: 14,2%
  • Insuficiente información: 9,6%
  • Globos meteorológicos: 4,1%
  • Información en proceso: 1,9%
  • No identificados: 1,8%

Randi atribuye los casos no identificados a “ruido” lo que puede ser correcto pero, si le sumamos la información en proceso y los casos en los que la información se considera insuficiente, podríamos pasar ampliamente el nivel que se considera atribuible al ruido. Incluso llama la atención que Randi, que tanta atención le presta a los fenómenos psicológicos, no haya caído en el fenómeno psicológico por el cual todos tenemos una fuerte tendencia a identificar las cosas desconocidas en términos de otras conocidas. ¿Hasta qué punto son fiables los altos porcentajes atribuidos a acontecimientos astronómicos, aviones o satélites? ¿No es esperable un sesgo por el cual el responsable de un caso de avistamiento de OVNI tenga una fuerte tendencia a atribuirlo a un factor conocido incluso en presencia de datos que no encajen con la conclusión?
No tengo ningún elemento para apoyar esta hipótesis sino que la establezco siguiendo una operativa tan semejante a la de Randi que resulta extraño que no se le haya ocurrido. Randi demuestra con claridad que es fácil sugestionar a la gente para hacer creer que había un OVNI completamente inventado por él. ¿No cree en la pereza o en la búsqueda de la vía de menos resistencia por la cual es esperable una fuerte tendencia a atribuir a causas conocidas y familiares fenómenos que podrían no serlo? Sería sorprendente…si no fuera porque Randi se ha ganado mucha más fama como desmitificador que como ilusionista y, por tanto, está protegiendo su oficio.
En el mundo de los escépticos profesionales pueden escucharse cosas como que la acupuntura no sirve para nada -que se lo pregunten a los chinos y a los dentistas cuando tienen que tratar a un paciente con alergia a la anestesia- porque su profesión les obliga a actuar como paranoicos buscando la trampa en todas partes, tanto si la hay como si no. Martin Gardner, en su celo desmitificador, llega a descubrir el engaño de Cervantes quien, según Gardner, se aprovechó del pobre Sancho Panza, autor real del Quijote.
Los aficionados a la telebasura esotérica podrán ver fenómenos parecidos en unos debates amañados entre “crédulos” y “científicos” donde se tiene mucho cuidado de no hacer preguntas clave que pudieran cerrar el debate y, por tanto, la posibilidad de un programa posterior sobre el mismo tema y con los mismos invitados.
Recientemente James Randi y Anne Germain, la medium de servicio de Telecinco han visitado Bilbao. Es una lástima que no hayan coincidido en la misma fecha y lugar y en este caso me habría sentido inclinado a apostar por Randi después de haber visto una actuación en directo de Germain y encontrar cosas que, incluso para un ojo no entrenado como el mío, resultaban extrañas. Por ejemplo, en una sala de grandes dimensiones, cada vez que Germain se quedaba mirando al infinito y decía ver un espíritu, siempre ocurría que el “contacto” era familiar de alguien que estaba en una de las primeras filas, lo que facilitaba aspectos logísticos como acercarle un micrófono y, si somos un poco aviesos, podríamos pensar que también facilitaba el alcance del “pinganillo” de algún gancho que pudiera estar entre el público y contribuir a localizar el espíritu adecuado.
¿Tal vez por eso la parte del espectáculo de contacto con los espíritus se hace al final tras una conferencia y no al principio? ¿Necesitan tiempo para que les consigan información? Sin duda, éste es un terreno en el que hay muchos estafadores y hay cosas, como las apuntadas, que invitan a pensar que nos encontramos ante uno de ellos. Sin embargo, a diferencia de Randi, no me atrevo a afirmar que todos sean unos estafadores porque él o yo mismo hayamos podido identificar algunos de forma clara.
Randi dedica parte de su libro a Conan Doyle, autor de Sherlock Holmes, al que describe como alguien de una credulidad pasmosa y presa fácil de todo tipo de estafa paranormal. Sin embargo, cae en lo canallesco cuando esa susceptibilidad a la estafa paranormal la atribuye al hecho de que Conan Doyle había perdido un hijo. Necesariamente, hay que preguntarle a Randi cuáles son sus motivos para la desmitificación pasada de rosca. ¿Purgar pasadas estafas?
Randi se burla de aquéllos que exhiben credenciales científicas para considerarse observadores adecuados en situaciones en que son fácilmente estafados por magos hábiles. Sin embargo, tanto a Randi como a los presuntos científicos habría que recordarles que la ciencia no es un contenido sino un método y que, como tal método, hay situaciones en que lo más científico que puede hacerse es confesar la ignorancia. Desenmascarar estafadores está bien pero recordemos que la ausencia de pruebas no es lo mismo que la prueba de ausencia. Un poco de humildad a veces no viene mal.

“El liberalismo no es pecado” de Rodríguez Braun

Para definir un libro como éste, conviene violar una de las reglas de la definición, la de definir las cosas por lo que son y no por lo que no son: Pues bien, “El liberalismo no es pecado” no es un libro que salga tratando de aprovechar la estela mediática de su autor y sin que aporte nada al debate. Si su autor se llamase Pepe Pérez en lugar de Rodríguez Braun y no fuera un habitual de los medios de comunicación, el libro seguiría siendo igualmente valioso como elemento de debate, tanto si se está de acuerdo con el 100% de sus planteamientos como si no es así o, más aún, incluso en el caso de estar en contra del 100% de sus posiciones.

Quizás haya que criticarle la lentitud para entrar en materia. No se puede ser todo para todo el mundo y Rodríguez Braun da la impresión de haber cogido de la mano a alguien que no tenía la más remota idea de economía y llevarle a terrenos cada vez más complejos hasta mostrarle en su totalidad una posición que, sin duda, podríamos definir como liberal a ultranza. Al actuar así, asume un riesgo de cara al lector: Que éste acabe pensando que se trata de un libro de introducción a los temas más básicos y no siga leyendo. Estuvo a punto de ocurrir así en mi propio caso.

Transcurridos los capítulos iniciales de travesía en el desierto, el autor comienza a desgranar argumentos que podrían enlazar perfectamente con otros textos de autores liberales como Thomas Sowell, tanto en el terreno puramente económico, “Basic Economics”, como en el social como “Race and Culture”  y en el político con “The vision of the anointed”.

Para cualquier lector de Sowell, la argumentación de “El liberalismo no es pecado” en este terreno no resultará nueva y el aprecio o falta de él estará más referida a la claridad de exposición -excelente- que al núcleo del argumento que es el mismo en ambos casos.

La parte genuinamente suya y que, por sí sola, podría justificar la lectura del libro comienza cuando pasa del terreno general al particular y explica por qué se produjo la crisis de 2008, cuál ha sido el papel de los gobiernos, bajo qué tipo de falacias están operando, cuál es y cuál debe ser el papel del Estado y, en suma, dónde nos encontramos ahora y cómo y por qué hemos llegado hasta aquí.

En este último punto, se encuentra algún elemento susceptible de discusión incluso desde posiciones liberales: El autor comenta que la crisis no se produce por falta de regulación y que, de hecho, existe tal cantidad de regulaciones que no hay nadie que las conozca todas y es imposible desenvolverse en un bosque como ése. Puede aceptarse, porque es verdad, que existe una enorme cantidad de regulaciones pero eso no significa que tales regulaciones caminen en la dirección adecuada y, por ello, no puede aducirse la cantidad como prueba de que no está ahí el problema.

Un clásico como Hayek parecía, en este terreno, tener una posición menos extrema: Las regulaciones deben estar ahí para garantizar que todos están sujetos a las mismas reglas -no para tratar de orientar resultados en uno u otro sentido- y para conseguir que haya claridad en el mercado. Claridad significa que quien compra o vende sabe qué está comprando o qué está vendiendo. Si volvemos a la crisis de 2008, no podemos olvidar que muchos de los inversores en Lehmann Brothers no eran inversores que buscasen alta rentabilidad y asumiesen alto riesgo sino que buscaban inversiones seguras. Cuando los gestores de esas inversiones se encontraban con una triple A que se estuvo manteniendo casi hasta el momento mismo de la quiebra, estaban actuando correctamente de acuerdo con la información de que disponían. ¿Realmente es sostenible que las regulaciones no tienen nada que ver con los motivos de la crisis?

Cierto que no es el único -aunque no creo que pueda negarse su papel- y el autor entra a fondo en otros temas clave como, por ejemplo, las prácticas bancarias, cómo y por qué han evolucionado así esas prácticas y cómo y por qué era de todo punto previsible que una crisis como ésta estallase.

Para concluir, las partes dedicadas a las etiquetas de la onda políticamente correcta y a cómo se venden determinadas barbaridades para justificar recortes en la libertad individual me recordaron a otro libro y otro autor, “El conocimiento inútil” de Revel y la frase con que lo abre: “La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira”.

En suma, muy recomendable aunque si alguien, medianamente informado, se salta los dos primeros capítulos no pasa absolutamente nada. Podrá dedicarles más tiempo y atención a los siguientes y le valdrá la pena.

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